Publicado el 25/06/2025 por Administrador
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La más reciente cumbre de la OTAN, celebrada en La Haya, pareció tener un objetivo menos estratégico y más personal: asegurar que Donald Trump no se sintiera ofendido. La alianza atlántica, consciente del poder que aún ejerce el expresidente estadounidense en la política global —y ante una posible reelección—, diseñó un encuentro corto, simbólico y cuidadosamente elaborado para evitar cualquier roce con él.
El eje de la cita fue la presentación del nuevo compromiso colectivo de aumentar el gasto en defensa al 5 % del PIB para el año 2035. Si bien se trata de un objetivo a largo plazo, la medida fue interpretada como un gesto directo para complacer a Trump, quien ha criticado repetidamente a los aliados por “no pagar lo suficiente” en materia de seguridad.
La cumbre evitó temas espinosos. Poco se habló de Ucrania, de Rusia o de los desafíos internos que enfrenta la OTAN. El programa fue recortado, las declaraciones medidas, y los líderes europeos desplegaron una estrategia diplomática de halagos. El anfitrión y nuevo secretario general, Mark Rutte, aseguró que el mensaje central fue “unidad y compromiso”, aunque la sensación general fue más de cortesía calculada que de contundencia geopolítica.
Analistas internacionales describieron el encuentro como una especie de “cumbre Potemkin”: brillante por fuera, débil en sustancia. Las promesas de aumento de gasto aún carecen de detalles claros sobre cómo se alcanzarán, y las necesidades inmediatas, como reforzar el apoyo a Ucrania o actualizar la logística militar europea, quedaron relegadas.
El comportamiento de Trump durante la cumbre fue el de un actor central sin cargo formal. Si bien no participó directamente, sus opiniones y expectativas marcaron cada conversación. Su presencia fue una sombra constante que condicionó el tono y los compromisos de los asistentes.
La gran pregunta que se desprende del evento es si esta estrategia de apaciguamiento será suficiente. ¿Se conformará Trump con anuncios a largo plazo y palabras agradables? ¿O exigirá acciones más inmediatas si regresa a la Casa Blanca en 2025? La OTAN ha logrado, por ahora, evitar su ira. Pero queda por ver si este enfoque diplomático será sostenible.
Mientras tanto, crece la preocupación sobre el verdadero costo de mantener a Trump “feliz”. Si los aliados priorizan la complacencia sobre la firmeza estratégica, corren el riesgo de debilitar la autoridad de la Alianza y enviar señales contradictorias a sus enemigos.
En definitiva, la cumbre dejó una sensación ambigua: un alivio momentáneo por evitar tensiones, pero también un vacío en cuanto a liderazgo firme. Y en una coyuntura global cada vez más volátil, ese vacío podría volverse peligroso.