Publicado el 12/07/2025 por Administrador
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A menos de un año de haber asumido el poder, Claudia Sheinbaum ha logrado consolidarse como una de las líderes más populares de América Latina. Con niveles de aprobación que superan el 75 %, la primera presidenta de México se ha posicionado como una figura de autoridad tranquila, técnica y firme, capaz de sortear las complejidades del país sin estridencias ni improvisaciones.
Su estilo contrasta con el de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. Sheinbaum no busca protagonismo personalista ni se deja arrastrar por la confrontación permanente. En su lugar, transmite serenidad y claridad técnica, un sello que ya era reconocible durante su gestión como jefa de Gobierno de la Ciudad de México y que ahora ha trasladado a la Presidencia de la República.
El respaldo que mantiene se explica en parte por su capacidad de gestión. En sus primeros meses, Sheinbaum ha impulsado una serie de reformas profundas, apoyada en la mayoría legislativa de su partido Morena. Ha constitucionalizado programas sociales clave, fortalecido el papel del Estado en el sector energético y propuesto una ambiciosa reforma al Poder Judicial. Su capacidad para mover el aparato político sin fracturas internas ha sido reconocida incluso por analistas críticos.
También ha destacado en la gestión de crisis. Durante la reciente disputa arancelaria con Estados Unidos, respondió con una mezcla de firmeza diplomática y discurso soberano, sin caer en el tono agresivo. La ciudadanía percibió su postura como responsable y patriótica, elevando su popularidad incluso por encima del 85 % en ese momento.
Su popularidad también está anclada en el cumplimiento de promesas sociales. El lanzamiento de pensiones para mujeres mayores, becas educativas universales y la atención médica domiciliaria han tenido un impacto directo en millones de hogares. A diferencia de otros gobiernos, Sheinbaum ha apostado por institucionalizar estos beneficios, blindándolos legalmente frente a futuras administraciones.
Pero no todo ha sido sencillo. La inseguridad sigue siendo el mayor desafío: aunque los homicidios han bajado un 22 % respecto al último año del sexenio anterior, el país aún enfrenta un repunte en robos, desapariciones y violencia local. Sectores de la población muestran creciente preocupación por la sensación de impunidad en ciertos territorios.
En el ámbito económico, las cifras de crecimiento son moderadas. Las secuelas de la pandemia, sumadas a la guerra comercial con EE. UU. y la presión inflacionaria global, han limitado los avances en generación de empleo formal y atracción de inversión. No obstante, su gobierno ha mantenido estabilidad macroeconómica y fortalecido las reservas del país, lo que genera confianza en los mercados.
Sheinbaum también encarna una ruptura simbólica poderosa: es la primera mujer presidenta de México y la primera de origen judío. Esa condición ha sido celebrada por movimientos sociales y colectivos feministas, que la ven como una figura histórica. Sin embargo, no ha buscado capitalizarlo de forma retórica, sino que ha preferido dejar que su trabajo hable por sí solo.
Su perfil científico, su disciplina metódica y su austeridad personal proyectan una imagen de honestidad y competencia que conecta con amplios sectores del electorado. La ciudadanía la percibe como una mujer que gobierna con cabeza fría y corazón social.
Pero su éxito también encierra riesgos. La concentración de poder en Morena y la debilidad de la oposición podrían derivar en una administración con poco contrapeso. Sheinbaum ha insistido en su respeto a la democracia, pero deberá demostrarlo en la práctica si quiere sostener su legitimidad a lo largo del sexenio.
Por ahora, su popularidad se mantiene intacta. Sheinbaum parece haber encontrado una fórmula política eficaz: gobernar sin escándalos, sin estridencias y con resultados medibles. En un continente marcado por líderes populistas y polarizadores, su estilo técnico y sereno podría marcar una nueva era en el liderazgo latinoamericano.