Publicado el 04/06/2025 por Administrador
Vistas: 96
Ser palestino en Cisjordania hoy significa enfrentar un día a día marcado por el encierro, la violencia militar y el riesgo constante de expulsión. A más de medio siglo del inicio de la ocupación israelí, el panorama se ha recrudecido en 2025 con operativos militares de gran escala, crecimiento récord de asentamientos y una crisis humanitaria que se agudiza a cada paso.
Desde enero, Israel ha intensificado su presencia militar en varios sectores de Cisjordania, especialmente en campamentos como Yenín, Tulkarem y Nur Shams. Estas incursiones, enmarcadas en la operación “Muro de Hierro”, incluyen ataques aéreos, destrucción de infraestructura civil y detenciones masivas. Más de 50 palestinos han muerto desde que comenzó esta nueva ofensiva y más de 40.000 han sido desplazados de sus hogares, según reportes de organizaciones internacionales.
Uno de los aspectos más alarmantes es el uso creciente de tácticas que anteriormente se asociaban exclusivamente con Gaza, como bombardeos en zonas densamente pobladas, cortes de servicios esenciales y aislamiento total de ciertas comunidades. Analistas hablan ya de una “gazaficación” de Cisjordania, un proceso silencioso pero sistemático que convierte a la región en un espacio cada vez más inhabitable para sus habitantes originarios.
En paralelo, el gobierno israelí ha aprobado en mayo la construcción de 22 nuevos asentamientos, en lo que constituye la mayor expansión en Cisjordania desde los Acuerdos de Oslo. Esta medida, impulsada por figuras ultranacionalistas dentro del gobierno, tiene como objetivo declarado frenar cualquier posibilidad de crear un Estado palestino en el futuro.
La comunidad internacional ha expresado su rechazo a estas acciones. La Corte Internacional de Justicia ha reiterado que los asentamientos israelíes en territorio ocupado violan el derecho internacional, pero hasta ahora las resoluciones no han frenado la expansión ni las políticas de desplazamiento.
Para los palestinos, las consecuencias son devastadoras. Familias enteras son expulsadas de sus tierras sin previo aviso. En muchas aldeas, las escuelas y clínicas han sido demolidas o clausuradas por el ejército. Los controles militares restringen la movilidad, impidiendo incluso el acceso a hospitales o la llegada de ayuda humanitaria.
El panorama económico también es sombrío. Las restricciones impuestas a los movimientos de mercancías y personas han paralizado la economía local, y el desempleo entre los jóvenes palestinos supera el 50%. A ello se suma una creciente inseguridad alimentaria, agravada por el colapso de los cultivos en zonas rurales bloqueadas por los asentamientos.
Mientras tanto, las voces que denuncian esta situación se enfrentan a una represión constante. Periodistas, activistas y organizaciones que trabajan en el terreno son vigilados, censurados o directamente expulsados de la región.
La vida en Cisjordania se ha convertido en una lucha por la supervivencia. Entre el temor a una nueva incursión militar, la amenaza de perder el hogar y la incertidumbre permanente, ser palestino en este territorio ocupado es hoy sinónimo de resistencia silenciosa ante una realidad cada vez más asfixiante.